martes, 24 de junio de 2014

Mi persona favorita del mundo: Víctor. Mi ciudad favorita del mundo:Venezia

El avión acaba de aterrizar. Cogemos un taxi y llegamos a casa. Con la luz del atardecer está todavía más bonita. Parece que se ha puesto guapa para recibirnos. Las plantas están erguidas, altivas, verdes, nos estaban esperando. Abrimos las ventanas y comemos un sandwich con el pan que compramos en la Giudecca. Ha sido un día agotador. Todos los viajes de vuelta lo son, y a éste le he sumado el pesar por dejar Venecia. Me voy al baño, me quito la ropa y tiro sin cuidado la goma del pelo negra sobre el lavabo. El cuarto de baño es todo blanco y de cristal. Cierro el grifo de la ducha, cojo la toalla y veo en el lavabo, la goma del pelo en la misma forma de trébol, que las ventanas de las casas palaciegas de Venecia. De pie, inmóvil, empiezo a recordar.

Las lágrimas brotaban de mis ojos sin ningún control al salir de la estación. Estaba allí. Frente a mi, Santa Lucía, majestuosa, esplendida, flotando. El agua, turquesa, ondeaba al son del ajetreo de las góndolas impolutas, que recogían a los turistas. Las flores rojas, las lanchas de madera brillante, las gaviotas y el Puente de los Descalzos, blanco, imponente. Tanta belleza concentrada, no anunciaba más que lo que nos esperaba en los próximos días, un lugar tocado por la Mano de Dios.

La casa estaba al lado de San Marcos, en Campo de San Zulian. En el camino, San Polo y Santa Croce nos dieron unas pinceladas de su identidad. Cruzamos Rialto abarrotado de turistas y subimos al cielo. Un cielo en la última planta. Las vigas de madera sujetaban los techos inclinados, una escalera subía al mirador. Toda la estancia tenía huecos que iluminaban el interior y abrían al exterior la misma. Las cúpulas de San Marcos y el Campanile se veían desde las ventanas. Era una invitación explícita para dar de comer al alma. Y allí fuimos. 

El entramado de calles, canales y puentes es un laberinto hipnótico. Un sueño. Las escalas se superponen. Calles estrechísimas con espacios abiertos de enorme dimensión. Canales por los que no caben las góndolas con la inmensidad de la laguna y el Gran Canal. Las fondamentas con las calles sin salida por tierra. Una incertidumbre entre la naturaleza más terrenal y el agua. Las callejuelas de Venecia flotan sobre el Adriático. Una flor a una pausada deriva en el mar.

La ciudad parece embrujarte. Aposta, te acaricia la cara la brisa con sabor a mar, a salud, a vida. Una vida diferente. Sin coches, sin carros tirados por animales, no se puede huir. Te mece con su vaivén, como a un niño una madre muy serena. Tiene un ritmo único. No me quiero ir de aquí. Quiero pasear eternamente por Riva degli Schiavoni mientras paso por el Puente de los Suspiros, bicheo un rato en el Hotel Danielli, me quedo mirando horas La Salute, Punta della Dogana y San Giorgio Maggiore. Llego hasta el Arsenale con sus grandes naves de ladrillo y hasta el Giardini. Ahora es la Bienal. Una vuelta y otra vez por Castello hasta La Corte Sconta, para cenar en el patio. Viajaría hasta Venecia mil veces solo para cenar allí y creo que Víctor viajaría dos mil, solo por el calamar relleno y el carpaccio de atún. El salón más bello de Europa, por la noche, lo es aún más. Quiero volver a pasear todas las noches por San Marcos, como hemos hecho estos días. Escuchar a los músicos del Café Florian, mientras nos comemos el helado y volver a nuestra Corte Lucatello, para despertarnos a la mañana siguiente y cotillear a los miles de turistas que se amontonan en las arcadas del Campanile desde nuestra ventana. Quiero volver a buscar los palacios escondidos de la guia de Víctor, tragarme los rollos de arquitectura de la librería del edificio de la Bienal y quedarnos horas en su embarcadero. Quiero quedarme el recuerdo de nuestra comida en la terraza de Da Fiore, viendo pasar las góndolas por el río de San Agostin, comiendo esas chuletas de cordero, los Bigoli con sardinas, y ese Altamisu( un Tiramisu falso, parecido a una Mousse de mascarpone con crujientitos dentro, en plan sofisticado, que a Víctor le encantó y mi no tanto, porque me gusta más el basto de toda la vida, que días mas tarde, tomé en otro restaurante). Ir a la tienda de las cosas de madera en San Polo y comprarle a Víctor esos cuencos que tanto le gustaron. Sentarnos en la orilla de San Stae y que me cuente cosas. Cruzar  hasta Cannaregio, que bonito es. Distinto a los otros. Mas popular, auténtico. Nos encontramos por fondamenta Misericordia unas viviendas sociales de arquitectura racionalista que nos encantaron. En el canal de Cannaregio casi al final, cerca del puente de los tres arcos, nuestra primera vez, con el Spritz y el Bellini. Vista espectacular de una de las entradas desde la laguna. En un paseo por Terá Farsetti encontramos unos zapatos rojos ideales. Se los regalo a Víctor. Le regalaría todo. Los helados de Grom, están buenísimos. De limón y frambuesa. Santa Maria Dei Miracoli es rosa, blanca, gris y verde, al final de Castello. Hemos llegado tarde a Querini Stampalia y tengo que volver a Venecia para ver a Scarpa. La Basílica de San Marcos es de muchos colores, muchos órdenes y muchos turistas. Víctor hace magia y pasamos sin esperar cola. El palacio Ducal esconde al Doge. También tiene a Tintoretto. El vaporeto 2, nos lleva a ver a Palladio a la isla de San Giorgio. Austera, contenida, de escala estudiada, mirando a Dorsoduro, San Marcos, Lido y Guidecca. También está Tintoretto. Desde arriba, en el Campanile, Víctor está guapísimo. Le sienta bien el azul y la brisa del mar. Podrían pasar horas y seguiríamos mirando desde allí. La Giudecca es ideal para Víctor. Le ha encantado. Quiero comprar el pan todas las veces que pueda en mi vida en la tienda de Santa Eufemia, comer en la simpática taberna de La Palanca, tartar de atún, aquella pasta al horno con pescado de la laguna y el mejor Tiramisú que he probado en mi vida, mientras miramos la Zattere. Ver los edificios más actuales de Venecia, como ensayan los gondoleros, visitar la segunda iglesia de Palladio, Il Redentore y coger el Vaporetto hacía el Gran Canal entrando por Tronchetto. En la proa, al principio, la vista es tuya, eres solo tu, el mar y el Gran Canal. El viento te despeina, las gafas están salpicadas, no importa, las limpio y me las vuelvo a poner. No quiero perderme nada. Es obligatorio recorrer el Gran Canal. Al principio los astilleros, el puente de Calatrava y luego el centro de la sandía, la joya resplandeciente, Venezia. El barco acaba en San Marcos, cruzando el puente de la Academia, La rutilante Salute, y al lado Punta della Dogana. Literalmente en la punta, nos sentamos en el mar. Dorsoduro está lleno de artistas. El museo Peggy Guggenheim, blanco, una puerta con ámbar enrejado, pérgolas blancas contrastan con el verde, para perderse en él. Ducha, tacones, zapatos rojos y la noche en Venezia. Amanecer en Fondamenta Nouve, al fondo Murano y San Michele y en primer plano, el mar en la laguna, azul celeste, los barcos y una gasolinera donde las lanchas esperan. Cannaregio nos enamora.  Uno de los puentes iniciales, sin barandilla. El Gueto judio. Santa Croce es especial. Distinta también. El colegio de arquitectos de Venecia. A las dos en el Club del Doge. Un remanso de paz enfrente de La Salute con rosas blancas y cubertería de plata. No lo olvidaré jamás. Aparte de que fue el mejor Bacalao Mantecado que probé en toda mi estancia en Venecia ( lo pedí en todos los sitios), el marisco fue espectacular y los linguine con cappe miste me hicieron levitar, la terraza tiene un embrujo encantador. Mientras comes en la mayor paz de un sitio exquisito tienes un espectáculo lento frente a ti, te atrapa. La Salute enfrente, las góndolas constantes en el Gran Canal repletas de turistas bastante singulares, las camisetas a rayas y los sombreros de los gondoleros, los taxis acuáticos, las barquitas privadas y el Gran Canal, azul, ondeante, resplandeciente. Me hubiera quedado toda la tarde en nuestra mesa, mirando, sin hablar, hipnotizada, rodeada de esos camareros tan bien vestidos, las mesas de madera, las rosas blancas y el "dolce far niente" frente al canal. El Gritti es imponente para alguien humilde como yo. Un sueño, como lo es Venezia. El shopping es obligado en mi. Algo me tenía que comprar allí. Y así fue, ;). Nuestra última tarde en el paraíso, pendoleando, pizza al taglio y última copa al atardecer en Campiello Remer. El mejor Bellini de todos, con paraguaya, melocotón y granada. Gente guapa, luz del atardecer reflejada en el canal,al fondo Rialto. Alessandro y Cuqui, muchísimas gracias. Víctor, gracias por todo.

En este mundo donde vivir es tan difícil, me bajo en Venecia.




































































Lau.

6 comentarios:

Let! dijo...

Que buen viaje Laura , cuantas fotos maravillosas
Que bonita historia!!!

Laura dijo...

Siiiii, una pasada!!.
Gracias Let, ;).

Let! dijo...

Y ella se sigue superando!!! :-)

Laura dijo...

Eres un encanto Let!

Anónimo dijo...

Que descubrimiento, esa sensibilidad te augura un gran futuro. Se nota que te esfuerzas en cultivarte.

Felicidades por el blog.

Laura dijo...

Muchísimas gracias, y como diría mi cuñado ( al que un día dedicaré un post, porque es simpatiquísimo), me parece que te he conocido por la voz, ;). Hija, si no me esfuerzo por mi misma, quien lo va a hacer!?

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